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La culpa en el lenguaje del cuerpo

 

El Espectador, por Liliana López Sorzano,Mayo 12 de 2012

Un hombre anodino se desviste, entra en una caja de cristal y se pone los atavíos de un sacerdote. En ella, como a puerta cerrada y en voz baja, el cuerpo empieza a transitar por el sendero de la culpa. Álvaro Ávila, el bailarín de este solo, encarna ese cuerpo retorcido enfrentado a sí mismo y lleno de demonios. A un ritmo galopante, el sentimiento culposo se dibuja en jadeos, en plegarias de confesión, en una piel hirviendo que se debate entre el castigo y la sensualidad. Entre el dolor y el placer. En medio de esa urna de cristal se evidencia la insistencia de una conciencia golpeada por las creencias culturales, poblada por imaginarios judeocristianos, y, alegóricamente, él mismo termina castrándose.

Tino Fernández, director de la compañía de danza contemporánea L’Explose, confiesa que siempre quiso hacer una pieza que hablara sobre la culpa. Estando de gira en Santo Domingo visitó las casas reales, donde se encontró frente a un cuadro de un inquisidor que lo remitió de inmediato a la obra de Bacon, una serie de pinturas sobre el papa Inocencio X. “Bacon va más lejos, transforma el cuerpo, lo desfigura, enseña la carne, la sangre”, advierte Fernández. Ese fue el punto de partida, pero también sabía que quería hacer algo masculino, sobre un hombre.

La obra se puede leer en varias capas, y de hecho esa es la intención. La culpa como concepto puede tener su origen en el Génesis con la historia de Adán y Eva. La sexualidad ha sigo negada y llenada con tabús por parte de la Iglesia católica, y Fernández quiso que eso estuviera latente en la pieza. Resulta vigente también si miramos todos los escándalos de pedofilia de los curas que se han destapado en los últimos tiempos.

El hecho de que la pieza comience y termine con el bailarín vestido como un transeúnte común es una manera de “mostrar esas cruces que nosotros mismos nos infligimos a diario y que el cuerpo termina siendo el que paga por la culpa”. De allí también la razón del título, Diario de una crucifixión.
La decoración conceptual, ese cubo de vidrio que contrasta con la oscuridad de la sala, tiene su sentido metafórico. “Se remite a cómo la Iglesia pone en valor todas las reliquias; al papamóvil; se refiere a la urna de cristal de Santos; a la manera en cómo los realities televisivos encierran en las casas a las personas y vemos toda su intimidad, lo que resulta a veces hasta impúdico”, aclara Fernández.
Este solo también responde a la necesidad de volver al estudio, de volver a la esencia de la danza, a la intimidad, y de encontrarse con el cuerpo sin tener de por medio a más de 10 intérpretes y músicos.
Diario de una crucifixión engendra una emoción epidérmica en la que el espectador vive la angustia de un hombre en conflicto con su cuerpo.