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Lágrimas en la ofrenda del cuerpo

El Mundo- España,por Julia Martín, Noviembre de 2013

Parece que la conclusión que Tino Fernández y Juliana Reyes añaden en este angustioso y potente solo, es que la expiación del hombre termina cuando su cuerpo se diluye en forma de lagrimas. Las recoge de su cuerpo goteante el bailarín que poco a poco irá deconstruyendo su figura, asentada en el trono papal, tornándose en fantasma, con el pánico de un enterrado en vida.

El sudor que emana del cuerpo retorcido, estirado como un crucificado, convulso hasta la extenuación, terminará colgado dentro de un matraz, en la última y más fina ligadura del montaje con los criterios de la religión en materia de sacrificio. El punto de partida está en el estudio de Francis Bacon sobre el retrato de Inocencio X de Velázquez, tomando las ideas del pintor sobre el cambio de la materia hacia las sensaciones y la incorporeidad. Con ello, el coreógrafo español, afincado en Bogotá, compone un poderoso cuadro de danza expresionista en el que habla de despojamiento y destrucción fundamentalmente. La coreografía, que pauta perfectamente el ritmo dentro de ese espacio cerrado, y provoca brutalmente sensaciones mediante líneas con expresión del sentimiento.

Ángel Ávila, verdadero superviviente del reto, consigue mantener la tensión anímica y dar entidad a líneas que podrían caer en la exhibición acrobática.

Como en las anteriores obras de L'Explose que hemos visto en Madrid, el espectador se ve atrapado en la materialidad del proceso físico y su sensación, asistiendo a un nuevo ritual de violencia física.

El bailarín se viste y se desviste en el escenario, pone así el prólogo y el epílogo con otra ceremonia fuera de la gran urna, y con ello, unos largos minutos prescindibles pues es obvio que lo que hemos visto nos atañe. Tiempos que también pesan en algún momento de este montaje en el que cuenta mucho el apoyo sensorial del sonido, elaborado con cantos litúrgicos, música electrónica y los sonidos amplificados del bailarín que golpea y jadea en su encierro. La luz es otro elemento teatral muy acertado que pone de relieve al ascenso del clímax, usando para ello la transformación de la transparencia en bruma. Los cristales que en un principio reflejan la imagen a cuatro caras y le dan espacio, terminan por bloquearle la vista asfixiando al cautivo.