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Diario de una crucifixión - KienyKe

KienyKe.com, Revista digital,por Fernando Fernández,Mayo de 2012

“Tal vez sea lo único que finalmente tengamos: el cuerpo.
Un cuerpo como superficie habitable, una casa,
una morada donde cobijarse, un lugar donde vivir.
Y también una identidad y un sexo.
Y a partir de ahí, el mundo”
Rosa Olivares

Desde mi palco de buen acomodo admiro a telón abierto la sobria escenografía que se nos ofrece y que preludia la faena teatro-dancística que se anuncia inminente. Una urna de cristal de reducidas dimensiones (1.50m de ancho, 3m de profundidad y 2m de alto, según me informé a posteriori), allí plantada en medio, solemne y fija, de luces, ex profeso tenues, en el escenario de la Casa del Teatro Nacional.

La compañía L´EXPLOSE que por estas fechas cumple veinte años de ininterrumpida presencia en escenarios nacionales e internacionales ha logrado poner a juicio del público al menos una creación por año, con una interesante mixtura de diversas disciplinas, siendo la danza teatro su foco. La estabilidad de esta compañía se debe –cómo no– a la calidad de los intérpretes, pero también a la expertise y madurez de su Director Tino Fernández (quien aún funge de español, siendo más colombiano que cualquiera de nosotros) y a su magnífica y rigurosa Dramaturga Juliana Reyes.
Esta nueva obra, “Diario de una crucifixión”, es un solo de danza, cuya inspiración proviene del cuadro del papa Inocencio X elaborado por el pintor irlandés Francis Bacon, quien a su vez se influyó del celebérrimo retrato de Velásquez. Bacon imaginó una urna de cristal, tal como la utilizada en el juicio del nazi Eichmann al interior de la cual desesperadamente gesticula el papa retratado. L´EXPLOSE da dinámica al retrato y desgarra aún más la presencia papal, en procura de un análisis introspectivo del pontífice.

La función en ciernes. Aparece en escena el intérprete en ropa corriente y allí se deshace de su traje callejero hasta quedar en prenda menor, luego de lo cual penetra en la urna para dar inicio a la función, para asumir otro rol, el papal, y para ello se ornamenta con los hábitos pontificales. Veremos que al final de la pieza el ejercicio es elaborado en sentido inverso, el intérprete abandona la urna y retoma pausadamente su ropa callejera. Es un actor que asume un rol al entrar a la urna y luego tranquilamente se deshace de él como cuando uno se retira de su lugar de trabajo. Una jornada laboral más, que nos evidencia, al contrariode la creencia, que el hábito y el contexto sí hacen al monje.
Foto Zoad Humar
Nos encontramos, entonces, con un Inocencio X encerrado, pero solemne con ropaje tradicional que alardea de soberbia terrena y de poder urbi et orbi; y en su magnificencia nos declama en latín la expulsión de Adán y Eva del Paraíso tal como reza el libro del Génesis. Advertencia que de entrada nos anuncia la culpabilidad permanente que inculca el mundo judeo-cristiano y la supuesta deuda contraída con ese dios castigador de quien tanto habla la Biblia y sus prosélitos. Al acto de altivez eclesiástica y de majestuosidad papal sucede la humildad terrenal que aparece una vez el alto prelado se despoja de sus vestiduras y expone la piel desnuda que, de igual condición y sin distingos celestiales, portamos todos los mortales.
Durante el lapso que el intérprete —el excelente bailarín Ángel Ávila para el caso— permanece en su jaula de cristal funge de pontífice con total propiedad e interpreta con virtuosismo diferentes escenas que convergen hacia la desfiguración y deformación gestual y corporal a la manera de Bacon; podría uno pensar que el personaje atraviesa por un estado íntimo de deconstrucción como nos lo diría el filósofo francés Derrida. Los elementos de esa deconstrucción estarían representados por la angustia patente; la soledad del encierro; el sufrimiento que padece y que se autoinflige; la penitencia; la confesión de sus pecados; el erotismo y la excitación dolorosa; y los simulacros de castración tal vez originados como expiación de sus impiedades y remisión de sus culpabilidades. Finaliza la labor actoral recolectando gotas de sudor de su cuerpo en una probeta, tal vez se trate de la elaboración de una reliquia: la impronta de su planeada adoración futura, o tal vez sencillamente la prueba del esfuerzo salvífico.

El bailarín ejecuta en su jaula de cristal una muy delicada y acompasada coreografía que incluye contorsiones, expresiones de dolor, arrepentimiento, desesperación, de acusado, todo esto de un alto erotismo; su cuerpo desnudo y liberado de ropas exuda abundantemente y su vapor sudorífico es visible e impregna las paredes de su cautiverio.

Es de resaltar la estupenda y significativa escena en que en aquella mazmorra cristalina aparece una piedra como por arte de birlibirloque, “sobre esta piedra edificaré mi iglesia” recuerda uno que rezan los evangelios, y entonces el diestro bailarín se concentra en ingentes esfuerzos para sostenerse pies desnudos sobre esa roca informe, en un inestable equilibrio: el piso que debe ser el cimiento sólido, se torna enclenque, indeciso, temblante, como lo es la vida misma sin amparo de dogmas y certezas religiosas.

A guisa de colofón: recomendar la asistencia a este ilustrado y estético espectáculo, que de escenas a veces largas, es ante todo como a hurtadillas escuché decir a uno de los asistentes: Maravillosamente profano.