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Diario de Festivales 2012

El Tiempo, Colombia,por Sandro Romero,Marzo 23 de 2012

Querido diario: no, no me he enloquecido por estar viendo tantas obras de teatro, amigo mío. Hay cosas peores en este mundo, te lo aseguro. Te lo digo yo, que conozco cómo estalla la hybris en los seres humanos. Pero no, no vamos a hablar del orgullo ciego sino de la edición Número 13 del Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá, que comenzó anoche, con una función excepcional de la obra “María Barilla”, producción de la casa, bajo la batuta del inmarcesible Pedro Salazar, dramaturgia de Leonardo Gómez “y un gran elenco” (como diría la finada Fanny Mikey), liderados por la siempre sorprendente Natalia Bedoya. Como sé, caro diario, que cada vez me leen más en otras latitudes (lo que empezó siendo un divertimento para teatreros criollos se está convirtiendo, Dios me ampare y me favorezca, en un “referente” de lo que pasa en los escenarios colombianos del nuevo milenio), voy a tratar de ser lo más objetivo, amplio y didáctico posible, para que todos y todas me entiendan. Qué pereza. Pero toca. Los lectores cada vez son más furibundos.

Antes de que la directora del festival, Anamarta de Pizarro, pusiese su alma en manos de un ejército de chamanes, comencé mi propio desfile. Como supe que los miembros del grupo L’Explose estaban fogueando con público selecto el nuevo espectáculo que estrenan en el Iberoamericano, me colé en uno de los ensayos del “Diario de una crucifixión”, para ver si la magia del conjunto de Tino Fernández, Juliana Reyes y el resto de mortales que lo conforman se mantenía firme, con la misma eficacia que tanto nos gusta a sus seguidores incondicionales. Y, la verdad, el impulso y la urgencia por invocar acertijos siguen intactos. En este caso, el grupo ha tomado como punto de partida un cuadro de Francis Bacon, lo ha metido dentro de una caja de cristal y, como por arte de danza, lo han convertido en una obra de Luis Caballero.

Foto Zoad Humar
Me adelanto: el intérprete, Ángel Ávila, llega al espacio escénico con su ropa de trabajo. Al centro, una urna transparente. Deja los elementos a un lado y queda en ropa interior. Acto seguido, se introduce en el cubo, donde hay una silla arzobispal y de allí no sale sino una hora después, cuando regresa a la vida real, convertido en un ser de nuevas cabezas. El cuadro de Bacon titulado “Estudio según el retrato del papa Inocencio X de Velázquez” es tan solo un pretexto. O mejor, un punto de partida, así como el “Desayuno sobre la hierba” de Manet sirve como impulso para que la artista Vicky Neumann le devuelva el color a lo que antaño fue paisaje. En el caso del “Diario de una crucifixión” el asunto es a un precio un tanto más riesgoso puesto que es el cuerpo del bailarín el que se expone a su propio desmoronamiento. Cuando se desnuda, cuando el papa se desintegra y su cara es un borrón sin cuenta nueva, uno comienza a formar parte de su asfixia y el espectáculo (o mejor, la experiencia), se torna fascinante y, al mismo tiempo, siniestra. Hermoso y solitario cónclave el que nos propone, una vez más, Fernández y su enigmática dramaturga (imposible no pensar también en la reciente “Habemus Papam” de Nanni Moretti, que los subtituladores argentinos tradujeron como… ¡“El sicoanalista del papa”!)

Entre otras cosas, en el ensayo del “Diario de una crucifixión”, entendí cómo escribe Juliana Reyes los trabajos de L’Explose: ¡lo hace con la consola de luces y la mesa del sonido! Sí. Así escriben, escribimos, las gentes del teatro. Con los materiales del oficio. Y el oficio de la escena, una vez que el papel se extingue, es el ejercicio físico de las tablas. Un viaje que continúa los encuentros formales de “La mirada del avestruz”, “Al salir de la crisálida”, “La razón de las ofelias”, “EnOtraParte” y tantos otros espectáculos que ya están enquistados en nuestra memoria más feliz.